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jueves, 10 de mayo de 2018

Commonplace Book: La montaña mágica.- Thomas Mann.- 02.



El tiempo no posee ninguna «realidad». Cuando nos parece largo es largo, y cuando nos parece corto es corto; pero nadie sabe lo largo o lo corto que es en realidad.
No solía filosofar y, sin embargo, en aquel momento sentía la necesidad de hacerlo. Joachim replicó:
—¿Cómo que no? ¿Acaso no podemos medirlo? Tenemos relojes y calendarios, y, cuando pasa un mes, pasa para mí, para ti y para todos nosotros.
—Atiende un instante —dijo Hans Castorp, e incluso se llevó el dedo índice a la altura de sus enrojecidos ojos—. ¿Entonces, un minuto dura lo que tú crees que dura cuando te tomas la temperatura?
—Un minuto siempre dura lo mismo… Dura el tiempo que emplea la aguja del segundero en describir su círculo completo.
—Pero en eso no tarda siempre lo mismo… según nuestra apreciación. En realidad, insisto: en realidad —repitió Hans Castorp, apretándose la nariz con el dedo con tanta fuerza que se le doblaba la punta—, en realidad se trata de un movimiento, un movimiento en el espacio, ¿no es cierto? ¡Espera! Medimos el tiempo por medio del espacio. Pero eso es como si quisiésemos medir el espacio en función del tiempo, lo cual no se le ocurre más que a gente desprovista de rigor científico. De Hamburgo a Davos hay veinte horas de ferrocarril…
Sí, claro, en tren. Pero a pie, ¿cuánto hay? ¿Y en la mente? ¡Ni siquiera un segundo!
—Pero, hombre… —replicó Joachim—. ¿Qué te pasa? Creo que te está afectando estar aquí, entre nosotros.
—Calla. Hoy estoy muy lúcido. ¿Qué es el tiempo? —preguntó Hans Castorp, y se dobló la punta de la nariz con el dedo tan fuerte que se le quedó blanca, sin sangre—. ¿Me lo quieres decir? El espacio lo percibimos con nuestros sentidos, por medio de la vista y el tacto. ¡Bien! ¿Pero a través de qué órgano percibimos el tiempo? ¿Me lo puedes decir? ¿Lo ves? ¡Ahí te he pillado! Entonces, ¿cómo vamos a medir una cosa de la que, en el fondo, no podemos definir nada, ni una sola de sus propiedades? Decimos: el tiempo pasa. ¡Bueno, pues que pase! Pero en lo que se refiere a medirlo… ¡Espera! Para poder medirlo sería preciso que transcurriese de una manera uniforme, ¿dónde está escrito que lo haga? A nosotros no nos da esa sensación, desde luego, tan sólo aceptamos que lo hace para garantizar un orden, y nuestras medidas no son más que puras convenciones, si me permites…

pp.- 89-91

La montaña mágica.
Thomas Mann.

Traducción del alemán por Isabel García Adánez para Edhasa.

sábado, 28 de abril de 2018

Commonplace Book: La montaña mágica.- Thomas Mann.- 01.



El individuo puede tener presentes toda clase de objetivos personales, de fines, de esperanzas, de perspectivas, de los cuales extrae la energía para los grandes esfuerzos y actividades; ahora bien, cuando lo impersonal que le rodea, cuando la época misma, a pesar de su agitación, en el fondo está falta de objetivos y de esperanzas, cuando ésta se le revela como una época sin esperanzas, sin perspectivas y sin rumbo, y cuando la pregunta sobre el sentido último, inmediato y más que personal de todos esos esfuerzos y actividades —pregunta planteada de manera consciente o inconsciente, pero planteada al fin y al cabo—, no encuentra otra respuesta que el silencio del vacío, resultará inevitable que, precisamente a los individuos más rectos, esta circunstancia conlleve cierto efecto paralizante que, por vía de lo espiritual y moral, se extienda sobre todo a la parte física y orgánica del individuo. Para estar dispuesto a realizar un esfuerzo considerable que rebase la medida de lo que comúnmente se practica, aunque la época no pueda dar una respuesta satisfactoria a la pregunta «¿para qué?», se requiere bien una independencia y una pureza moral que son raras y propias de una naturaleza heroica, o bien una particular fortaleza de carácter.

pp.- 46-47

La montaña mágica.
Thomas Mann.

Traducción del alemán por Isabel García Adánez para Edhasa.




jueves, 18 de septiembre de 2014

Adiós al Jardín de Amor.





Fueron mis pasos al Jardín de Amor y vi allí lo que jamás antes viera: 
en la hierba de mis juegos más tiernos, una capilla vestida de nieblas.

Y en la capilla, las puertas cerradas; sobre ellas escrita una condena. 
Me volví entonces al Jardín de Amor, al jardín de las dulces flores frescas.

Y vi que estaba sembrado de tumbas y lápidas donde hubo flores frescas, 
mientras clérigos en procesión sombría cercenaban mis gozos y quimeras.


El séptimo hijo.- Orson Scott Card




lunes, 1 de septiembre de 2014

Disgustos...





Cuando los otros nos obligan a disgustarnos con ellos –por su insolencia, su injusticia o su falta de consideración–, ejercen un poder sobre nosotros, proliferan y nos devoran el alma, porque el disgusto es como un veneno ardiente que socava todos los sentimientos moderados, nobles y armoniosos y nos roba el sueño (..…) porque mientras estamos sentados al borde de la cama con las sienes doloridas, el remoto causante permanece ileso de la fuerza destructora del disgusto de la que somos víctimas.




jueves, 3 de octubre de 2013

La alta literatura es gimnasia para el cerebro,,,




Javier Sampedro - 3.Octubre.2013


El trabajo que Science publica este jueves hace diana en el epicentro de la más profunda cuestión en la estética literaria. ¿Por qué El código Da Vinci de Dan Brown puntúa menos que El americano impasible de Graham Greene en ese concurso para ascender al parnaso? ¿En qué sentido es Arturo Pérez Reverte menos literario que Javier Marías? ¿Por qué discutieron Carlos Ruiz Zafón y Antonio Muñoz Molina? Pues bien, he aquí una respuesta: mirad al cerebro. Leer ficción literaria recluta las áreas cerebrales implicadas en la emoción social: las que distinguen una sonrisa sincera de una falsa, detectan si alguien se siente incómodo o evalúan las necesidades emocionales de familiares y amigos. La ficción popular (como las novelas de espías o de amor y lujo) no lo hace, y la estantería de no ficción tampoco lo consigue.
Las lecturas literarias también son únicas en que estimulan la teoría de la mente, la facultad de ponerse en la piel del otro. La razón, según publican en Science los científicos de la Nueva Escuela de Investigación Social en Nueva York, es que la alta literatura nos obliga a expandir nuestro conocimiento de las vidas de otros, y a percibir el mundo desde varios puntos de vista simultáneos.
Los resultados de los científicos de Nueva York ofrecen, seguramente por primera vez en la historia de la crítica literaria, un criterio objetivo para cuantificar “el valor de las artes y la literatura”, como dice su institución. La Nueva Escuela de Investigación Social se fundó en 1919 con el espíritu de promover la libertad académica, la tolerancia y la experimentación. Publicar una investigación en Science es seguramente una culminación de ese programa. Su trabajo muestra que “leer ficción literaria estimula un conjunto de capacidades y procesos de pensamiento fundamentales para las relaciones sociales complejas, y para las sociedades funcionales”.
El psicólogo Emanuele Castano y su estudiante de doctorado David Comer Kidd han consultado a críticos e historiadores de la literatura para dividir el espectro continuo y diverso de la expresión literaria en solo tres categorías: ficción literaria, ficción popular y no-ficción.
Los voluntarios —siempre los hay en las investigaciones de psicología experimental, y suelen ser estudiantes de psicología sedientos de créditos— leyeron textos de esos tres géneros y se sometieron a todo tipo de mediciones perpetradas por Kidd y Castano. Los psicólogos estaban interesados sobre todo en su teoría de la mente, la habilidad de adivinar los pensamientos de otros, sus intenciones y emociones más ocultas. Este ejercicio de adivinación es algo que todos practicamos continuamente, de un modo más o menos consciente, pero unas personas lo hacen mejor que otras.
Una de estas pruebas es leer la mente en los ojos. Los participantes miran a fotografías de actores en blanco y negro y tienen que adivinar la emoción que están expresando. ¿Fácil? Pues seguro que hay alguien que lo hace mejor que usted. Otra prueba se llama el test de Yoni, y trata de medir a la vez las habilidades de percepción cognitiva y emocional de los voluntarios. “Hemos usado diversas medidas de la teoría de la mente”, dicen Kidd y Castano, “para asegurarnos de que los efectos que vemos no son específicos de un tipo de medida, y acumular evidencias convergentes para nuestra hipótesis”.
En los cinco tipos de experimento, los psicólogos de Nueva York han comprobado que los voluntarios que fueron asignados (al azar) a leer los textos más literarios puntuaron más alto en las medidas de la teoría de la mente que los que leyeron ficción popular o ensayo. Estos dos últimos géneros, por cierto, puntuaron igual de mal en esas pruebas.
“A diferencia de la ficción popular”, concluyen los autores, “la ficción literaria requiere una implicación intelectual y un pensamiento creativo de sus lectores”. Así que ya lo saben: lean bien, queridos lectores.

Artículo recortado de El País. 

martes, 30 de julio de 2013

Diversidad del yo.




- Harry no está compuesto de dos seres, sino de ciento, de millares. Su vida oscila (como la vida de todos los hombres) no ya entre dos polos, por ejemplo el instinto y el alma, o el santo y el libertino, sino que oscila entre millares, entre incontables pares de polos. -

El lobo estepario. 
Hermann Hesse.


miércoles, 2 de enero de 2013

Mundo digital, ¿cultura de la superficialidad?. I



>>> Con este post comienzo a copiar en el blog este pequeño ensayo que ha aparecido en el número 103 de la Revista Cultural Turia, y que considero de lectura aconsejable y muy interesante... Estará dividido en seis posts, las mismas partes en que lo secciona su autor....


Germán Cano.

¿Vivimos a raíz de la implantación universal de Internet un proceso de decadencia cultural?. En un sugerente y sintomático libro de conversaciones entre Peter Sloterdijk y Alain Finkielkraut (Los latidos del mundo, Amorrortu, 2003), ambos ilustran las monstruosas metamorfosis de nuestro tiempo recurriendo a las metáforas de «lo ligero» y «lo pesado». En el pasado, el llamado progresismo, caricaturizando y simplificando mucho el diagnóstico, representaba una tendencia orientada a aligerar la vida y la superación de las cargas indignas sobre el hombre, mientras que los conservadores buscaban reaccionar ante esta levitación general subrayando el peso trágico del mundo. Hoy, en cambio, las tornas parecen haber cambiado. Tras las transformaciones del siglo XX, no sólo los conservadores defienden ya un concepto de realidad duro, correoso, quizá más sombrío y resistente a la voluntad prometeica. Por otro lado, como ponen de manifiesto los «neocons» norteamericanos, no sólo los progresistas esgrimen ya la bandera de la movilización técnica incesante, del aligeramiento propiciado por el progreso incesante y la levedad informativa. No olvidemos tampoco cómo este ideal antigravitatorio descansaba también en la popularización y democratización de la información. Allí donde el viejo mundo se observaba a sí mismo desde la verticalidad, el nuevo se siente comprometido fundamentalmente con la horizontalidad.

En relación con esta utopía de la levedad, podría afirmarse que la figura de Steve Jobs nos ha hecho reflexionar sobre cuánto se ha transformado, por ejemplo cuenta que el co-fundador de Apple odiaba los botones hasta el extremo de suprimirlos de su propia indumentaria. El gran gurú de la digitalización, obsesionado por la sencillez, los consideraba simplemente un obstáculo innecesario en su vida cotidiana. Todos sabemos también en qué medida esta ideología del acceso cómodo e inmediato a la información ha modificado de forma irreversible la tecnología de nuestros ordenadores y nuestra relación con ellos.

Volviendo a las utopías de la levedad, hay que recordar que la marca Apple no puede entenderse sin el modelo utópico contra-cultural de los sesenta. En su juventud Jobs se interesó por la filosofía y llegó a viajar a la India en busca de iluminación espiritual. A su vuelta, introduciendo el discurso new age en la tecnología, terminó eliminando las mediaciones, las etiquetas, las jerarquías y la retórica. Este «capitalismo sin fricciones», antigravitatorio, extremadamente ligero y líquido, del que Jobs fue el gran abanderado, nada tiene que ver con la pesada maquinaria del antiguo capitalismo y sus viejos valores ascéticos y disciplinarios. En realidad, nada más opuesto al elegante y aséptico minimalismo del mundo creado por él que los viejos paisajes industriales, el sudor, la disciplina y el esfuerzo. Un ejemplo elocuente del lema jobsiano del «Hazlo simple»: el ascensor de la Apple Store en Tokio carece de todo tipo de botones. No hay botón de llamada, ni botones para indicar la planta a la que deseas ir. Simplemente subes y bajas parando en cada una de las plantas de la tienda. Una hipótesis: si el capitalismo, digámoslo medio en broma, se ha ido convirtiendo cada vez menos en máquina y más en un espíritu líquido y profundamente inaprehensible, tal vez sea, entre otras razones, por los tecnófilos hippies que odiaban perder el tiempo desabrochando sus botones.


¿Pero somos realmente conscientes de lo que han cambiado nuestras vidas tras la aparición de Internet y las redes sociales? ¿Es legítimo hablar ya de una mutación antropológica, incluso del paso a un nuevo «hombre digital», como nos recuerdan con un no disimulado optimismo los apóstoles de esta nueva fe? ¿Representa la buena nueva de «la red» la apoteosis de una cultura de la superficialidad radicalmente opuesta a toda jerarquía cultural? Que estas herramientas han alterado nuestra existencia parece un hecho incontrovertible; que las nuevas tecnologías de la información supongan un paso adelante en la historia del progreso humano sin costes y peligros, es otro asunto bien distinto, como nos recuerda el ciberactivista y agitador cultural Jaron Lanier en su sugerente Contra el rebaño digital (Debate, 2011), una crónica imprescindible y bien ponderada para todo aquel que quiere sumergirse en el apasionante debate sobre las ventajas e inconvenientes de Internet y las redes sociales sobre nuestras vidas.

Si, como ya advirtiera McLuhan, los medios son capaces de transformar los contenidos y los mensajes, ¿qué tipo de transformaciones estaríamos sufriendo bajo la influencia de estos nuevos medios? Cabría decir, sin ánimo de exageración, que si en el pasado buscábamos adaptar la respectiva innovación tecnológica a nuestra vida, hoy estaríamos en una situación algo diferente, como si nuestra preocupación pasara más bien por el hecho de que nuestra existencia se encuentre a la altura de nuestra herramienta. Es decir, ¿cómo hemos de comportarnos para estar a la altura de nuestro Facebook, nuestro blog o de nuestro Twitter? La ansiedad por filmar, grabar y colgar nuestros momentos de forma inmediata es elocuente a este respecto. Hoy es como si la vida que no se twitteara ya no fuera vida real.

El elemento provocador del libro de Lanier radica en su diagnóstico crítico. Según Lanier, un gurú informático muy reputado en el mundo anglosajón, la concentración de usuarios digitales en redes sociales, blogs o intercambio de archivos no garantiza un desarrollo óptimo de la comunicación; es más, a diferencia de los abanderados de las nuevas tecnologías, no considera que la supuesta eficacia de una «mente enjambre» trabajando en red de forma continúa y común constituya un avance, sino más bien una sumisión de lo humano al poder de la máquina tecnológica. Por otro lado, no deberían omitirse otros peligros, como el aumento de adicciones a las redes sociales. La obsesión por estar «conectado» es fuente de ansiedades y desórdenes emocionales, como están poniendo de manifiesto últimamente los profesionales del ámbito terapéutico.

En cierto modo, este debate sobre las nuevas tecnologías de la información puede en muchos puntos relacionarse con la célebre distinción que Umberto Eco realizara en la década de los sesenta al hilo de la lucha entre los llamados «apocalípticos» e «integrados». En relación con la cultura de masas, sostenía Eco que mientras los apocalípticos valoraban en los nuevos medios, por su horizontalidad, homogeneización y nivelación, la esencia de la «anticultura», los «integrados» daban la bienvenida a estas nuevas tecnologías por impulsar el espíritu democratizador y abolir toda distancia cultural. Sin duda, estas categorías sirven todavía para definir nuestro escenario, marcado por la proliferación viral de la información a tiempo récord y por la resistencia de ciertos sectores a perder sus tradicionales marcas de identidad.

A la vista de todos los argumentos que parecen esgrimirse contra la supuesta superficialidad de Internet, no parece erróneo volver a acudir a la perspectiva de Eco. Para ciertos sectores de nuestra «aristocracia» cultural, amenazada por Internet, la idea de compartir la cultura de modo tal que pueda llegar y ser apreciada por todos es un contrasentido. De ahí que esta horizontalidad enemiga de todo vestigio vertical sea para ellos una «cultura de grado cero», por así decirlo. Por el contrario, quienes aceptan con complacencia este fenómeno, consideran que gracias a él es posible por vez primera acercar a las grandes masas manifestaciones culturales que hasta ahora solo estaban reservadas a las élites. Los aristócratas serían, pues, los pesimistas, o los apocalípticos, mientras que los optimistas serían los llamados integrados.

Breve ensayo recortado del número 103 de la Revista Cultural Turia.



Continuará en la segunda parte...

lunes, 31 de diciembre de 2012

Palabras zen, 002.





El maestro Unmon dice:


- Nada os pregunto sobre la quincena pasada. 

Más, ¿qué me decís sobre la quincena venidera?


Y ante la falta de respuesta de los monjes, continúa:



- Cada día es un buen día.










miércoles, 26 de diciembre de 2012

El fracaso de mi generación.




Norman Birnbaum   .   22 Diciembre 2012

Los intelectuales estadounidenses y europeos de mi generación, nacidos entre 1925 y 1930, tuvieron unas carreras espléndidas, resonancia internacional, cierta influencia en la política. Nuestros homólogos de los Estados socialistas también fueron unos privilegiados. Podían viajar y eludir la pesada prosa oficial de los partidos gobernantes. Nuestro lenguaje común era un marxismo de la superestructura, de ideologías, cultura y política. Prestábamos atención a la deformación del carácter por la industrialización de la sensibilidad, el dominio de la rutina. Nuestros contemporáneos del bloque soviético describían la tiranía profana de sus Estados policiales de manera indirecta, previendo que la explotación y la ineficacia serían sustituidas por el desarrollo de los talentos productivos de la ciudadanía socialista.

En Occidente no necesitábamos circunloquios. Eran pocos los que nos consideraban peligrosos. Algunos que querían expiar sus propios pasados nos pintaban como revolucionarios afligidos. Cuando, para nuestra sorpresa y la de nuestros antagonistas, los que defendían el statu quo occidental como utopía hecha realidad, estallaron las revueltas de los años sesenta, nuestros lectores y estudiantes se reían de nosotros y decían que éramos esclavos involuntarios del orden existente. Nos sorprendió mucho la negación de nuestra triste profecía, el hecho de que la obediencia comprada y la diversión hedonística (panem et circenses) habían vuelto muy improbables la discordancia moral y la disidencia política.

Aspirábamos a una ciudadanía capaz de gobernarse a sí misma, incluso en la economía. Una fuerza laboral cada vez más educada se reconocería en nuestros textos. Queríamos acelerar el ritmo de la historia prestando nuestro talento a los partidos socialdemócratas y cristianos. Al fin y al cabo, nos considerábamos los representantes de sus electorados en la educación, la administración, las profesiones liberales y la ciencia. Creíamos que, con su apoyo, acabaríamos desempeñando un papel en el gobierno de la sociedad. Contábamos con la atención de banqueros y empresarios, políticos y editores, incluso sindicalistas que en otros temas eran escépticos. En Estados Unidos (EE UU) nos enviaban a oficiales del Ejército a estudiar con nosotros (los conservadores llegaron a quejarse de que Harvard y Princeton habían ablandado a toda una generación de generales).

Estábamos equivocados. Los electores, en general, querían justicia, un mínimo de respeto y una parte respetable de la renta nacional. Pero su entusiasmo por el deporte y las vacaciones era mucho más acentuado que su interés por ayudar a tomar decisiones en la economía. En ocasiones se manifestaban o hacían huelgas, no por una nueva sociedad, sino para obtener más recompensas en esta. Nuestra crítica metahistórica de la existencia contemporánea no les conmovía. Las clases dirigentes que nos trataban con tanta benevolencia pensaban que estaban haciendo gala de la magnanimidad de los poderosos. No sentían que estuvieran compartiendo ese poder con nosotros.

Dos grandes acontecimientos demostraron que habíamos hecho mal al interpretar una mejoría temporal de nuestra suerte como una gran transformación histórica. El primero fue el renacimiento del capitalismo descontrolado. El segundo fue el fracaso de la Tercera Vía. A la disminución de la parte de la renta nacional que iba a parar a manos de los trabajadores y la deconstrucción del Estado de bienestar sucedió la crisis que se suponía que el nuevo capitalismo había hecho imposible. Los demócratas estadounidenses y un gran sector de la socialdemocracia europea se convirtieron a la idea de los beneficios como principal instrumento de crecimiento económico y de inmediato experimentaron la depresión y la destrucción social. El hecho de que los economistas que estaban en primera fila cuando surgió el desastre (Greenspan, los economistas de Chicago como Lucas, que negaban la posibilidad de que la intervención del Gobierno pudiera servir de algo) hayan pronunciado pocas o ninguna disculpa es comprensible. Lo que proponíamos era un mosaico de marxismo y socialdemocracia, keynesianismo y teoría de la elección pública. No tenemos explicaciones generales de por qué quedamos desbancados ni tampoco una alternativa.

En EE UU y Europa, los ciudadanos quieren empleo, ingresos y seguridad. Desde la guerra han votado siempre por los partidos que les daban esas cosas, y nunca pidieron democracia económica. La política actual es un remedo del consumismo. La participación electoral ha disminuido a medida que se ha intensificado la crisis. Los debates teóricos sobre intereses, representación e ideología se han convertido en algo remoto, como de especialistas en lenguas clásicas discutiendo sobre papiros. Nuestra hipótesis, que las ciudadanías occidentales eran irreversiblemente democráticas, estaba equivocada.

También nos equivocamos sobre la amenaza que suponían para las economías de Occidente los bajos salarios en Asia. El fracaso soviético nos hizo pensar que las economías dirigidas no podían funcionar. La alianza china de capitalismo y partido único nos sorprendió. Sabíamos que había otras culturas longevas y extraordinarias, pero ignoramos que había varios caminos hacia el desarrollo económico. La secularización de nuestras sociedades dejó hueco para las religiones privatizadas o sustitutas y a brotes reaccionarios de nacionalismo.

El debate occidental sobre los países islámicos combina una gran ignorancia histórica con nuestros prejuicios. Los recuerdos esquemáticos de la Reforma y el Renacimiento, la revolución científica y las revoluciones democráticas no son útiles. El presidente de Egipto, un ingeniero educado en EE UU, volvió a su país con muy mala impresión de nuestra cultura. Gandhi, al preguntarle por la civilización de Occidente, respondió que sería una idea muy buena.

Estábamos convencidos de que era inevitable la desintegración del etnocentrismo y el absolutismo religioso, pero nuestro propio proyecto de modernización estaba incompleto. Creímos demasiado en la durabilidad de la síntesis de posguerra, que estaba en deuda con la repugnancia ante los horrores del fascismo, los costes de la guerra y las privaciones de la Gran Depresión. Después de 1989 llegaron los conflictos de los Balcanes, los sucesivos desastres en África (Ruanda, Nigeria, la dictadura militar en Argelia), las guerras de Irak. Los atentados llevados a cabo por los fanáticos musulmanes procedentes de Arabia Saudí (un Estado supuestamente amigo) obtuvieron lo que pretendían: EE UU está en guerra con el islam y ha arrastrado a ella a Europa. EE UU y Europa discuten sobre sus respectivos modelos sociales, pero ni nuestros ciudadanos ni el resto del mundo están satisfechos con ninguno de los dos.

Nos hemos convertido en técnicos de reparaciones que corren cuando se rompen los diques para tapar las fugas. No se ve por ningún lado que se produzca una alianza del conocimiento técnico y científico con las nuevas instituciones para resolver la crisis ambiental. Nos burlábamos de los Verdes cuando eran más jóvenes, y decíamos que eran aparecidos de la época franciscana; pero, en la historia de la Iglesia, San Francisco permaneció mientras el edificio de la Iglesia de venía abajo.

Quizás esperábamos demasiado de los seres humanos en un periodo en el que unos cambios desconcertantes estaban destruyendo certidumbres y aumentando los miedos. Dos mil quinientos años después de los griegos y el doble desde las escrituras que inspiraron el Antiguo y el Nuevo Testamento, Buda y los textos hindúes, pensamos que los hombres y las mujeres podían renunciar a mitos fatalistas y parecerse a los dioses. Acaba de pasar Yom Kippur, la fiesta judía de la expiación. No hace falta ser judío para saber que hay mucho que expiar, que la reconstrucción social quizá exija nuevos yos dentro de cada uno. Nos equivocamos al pensar que el espacio público que necesitábamos ya se había construido o se materializaría cuando lo necesitáramos. Para aunar el respeto a la dignidad humana y la sensibilidad ante la fragilidad humana es necesario tener una disciplina ascética y cierta forma de inspiración, como componentes morales del análisis histórico. Los intelectuales de mi generación no dimos suficiente importancia a ese aspecto; tal vez no fuimos peores que el resto de nuestros contemporáneos, pero tampoco mejores ni más profundos.

Norman Birnbaum es catedrático emérito de la Universidad de Georgetown.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Artículo recortado de El País.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Boletín Sin Nombre, 225.






Proposición reveladora (Pedro Rodea)

El sueño con sueños luce en el seno del sueño profundo


Meros fenómenos (Sri Ramana Maharshi)

Los estados de sueño profundo, de sueño con sueños y de vigilia son meros fenómenos que aparecen sobre el Sí mismo, el cual es estacionario. Es también un estado de simple presencia consciencial. ¿Puede alguien permanecer apartado del Sí mismo en algún momento?. Esta pregunta puede surgir solamente si eso fuera posible.

Pregunta: ¿No se dice a menudo que uno está más cerca de la pura consciencia en el estado de sueño profundo que en el estado de vigilia?.

Respuesta: La pregunta puede ser también, «¿Estoy yo más cerca de mí mismo en mi estado de sueño profundo que en mi estado de vigilia?».
El Sí mismo es pura consciencia. Nadie puede estar jamás apartado del Sí mismo. La pregunta es posible solamente si hay dualidad. Pero no hay ninguna dualidad en el estado de pura consciencia.


Un comentario sobre la Gaudapada Gitâ

Gaudapada ve los estados de sueño con sueños y de vigilia como similares: en el estado de sueño con sueños nuestra consciencia infectada de ignorancia está vuelta hacia dentro y genera un mundo irreal basado en datos corporales; en el estado de vigilia nuestra consciencia infectada de ignorancia está vuelta hacia fuera para percibir e interactuar con las cosas materiales. Tanto el cuerpo como las demás cosas materiales son irreales, son aspectos de la engañosa Maya. Así pues, es el sí mismo individuado, el ego fenoménico, el que se presenta como el sujeto de la experiencia.


 Consciencia en el sueño con sueños (Sri Nisargadatta Maharaj)

Interlocutor: ¿Es la vitalidad, la energía de la vida, la vida misma?

Maharaj: La energía viene primero. Pues todo es una forma de energía. La consciencia está muy diferenciada en el estado de vigilia. Menos en el sueño con sueños. Todavía menos en el sueño profundo. Es homogénea —en el cuarto estado. Más allá es la realidad monolítica inexpresable, la morada del jnani.


Cuando usted tiene el sueño con sueños  (Sri Ranjit Maharaj)

Pregunta: ¿Puede usted hablar sobre los tres tipos de Maya (ilusión)?

Maharaj: Todo es ilusión. ¿Cómo puede haber tres tipos? Para comprender, usted tiene que decir sólo eso. Uno es Maha maya, que es el conocimiento mismo. El siguiente es Vidyaman maya, que es cuando el conocimiento se mueve un poco y hace muchas cosas de él. En ese momento es sutil. Cuando duerme profundamente, usted está en completa ignorancia; entonces viene un ligero despertar, y eso es llamado Vidyaman maya. Cuando usted está en la matriz de la madre y recibe el nacimiento, eso es Vidyaman maya. Significa emborracharse en comprender. A menos que usted reciba el nacimiento, usted no puede comprender. Y cuando usted tiene el sueño con sueños, eso es llamado Avidya maya. Cuando usted ve todo el mundo, todos los objetos, eso es llamado Avidya maya. Usted ve todo el mundo, tanto el conocimiento como la ignorancia han aparecido; eso es Avidya maya. ¿Ve usted esto?, es mármol; esto es Avidya maya. Avidya maya significa que es nada, solo un cero.

Cuando un pensamiento viene en un sueño; a veces viene un pensamiento, pero usted se duerme profundamente de nuevo. Usted no puede ver el sueño, eso es llamado Vidyaman maya. El conocimiento ha venido, pero usted no le da nacimiento.


El sueño con sueños no encontraba quién lo soñara (Pedro Rodea)

La joya no encontraba el oro…˜ “Yo” no encontraba quién lo pronunciara…˜ La ignorancia no encontraba quién ignorara…˜ El conocimiento no encontraba quién conociera…˜ La vigilia no encontraba a quién presentarse…˜ El sueño con sueños no encontraba quién lo soñara…˜ Todo lo que se llama “todo” no encontraba quién lo viera…˜ Todo era huérfano…˜ jamás sentido…˜ jamás apercibido…˜

No había ningún “todo”…˜ no había ninguna “nada”…˜ La joya no encontraba el oro…˜ No había “yo no existo”…˜ no había “yo no soy”…˜ El miedo no encontraba ningún “yo” que lo sintiera…˜ La comprensión no encontraba ningún “yo” que la comprendiera…˜ No había ningún “atributo”…˜ No había ninguna “cualidad”…˜ La “verdad” no tenía comprensor…˜ Lo “absoluto” no tenía realizador…˜ La “paz” no tenía verificador…˜

Todo es sólo un pensamiento…˜ Pero el pensamiento no encontraba al “pensador”…˜ Ningún concepto encontraba quién lo concibiera…˜ Nadie se llamaba a sí mismo “nadie”…˜ Nadie se llamaba a sí mismo “yo”…˜

La belleza de la comprensión es que la comprensión no encontraba ningún comprensor…˜ De manera que no había nombres…˜ Ningún “nombre” había nombrado nunca nada…˜ No había ningún nombrador…˜ La belleza de la comprensión es que la comprensión “no estaba”…˜

¿Cómo comprenderme a mí mismo entonces?…˜ Yo no había tenido nunca ningún concepto “yo”…˜ El pensamiento “yo” no estaba…˜ Así pues…˜ ¿a quién se podía presentar la comprensión “yo”?…˜ Ausente el oro…˜ ¿a quién vendrá a dar forma la joya?…˜


Palabras finales de sabiduría (Sri Siddharameshwar Maharaj)

En un sueño con sueños, la misma Presenciación proyecta otro mundo. Cuando se crean espacio y cuerpos en el sueño, ¿hay realmente algún espacio? No. El que «hace sitio» al espacio es la Presenciación. Ella es el soporte de la totalidad del mundo. En este sueño vosotros creáis incontables mundos. Entonces, ¿por qué no podéis crear otro mundo en este mundo?

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sábado, 15 de diciembre de 2012

La vela de sebo. (‘Taellelyset’)




Hervía y bullía mientras el fuego llameaba bajo de la olla, era la cuna de la vela de sebo, y de aquella cálida cuna brotó la vela entera, esbelta, de una sola pieza y un blanco deslumbrante, con una forma que hizo que todos quienes la veían pensaran que prometía un futuro luminoso y deslumbrante; y que esas promesas que todos veían, habrían de mantenerse y realizarse.

La oveja, una preciosa ovejita, era la madre de la vela, y el crisol era su padre. De su madre había heredado el cuerpo, deslumbrantemente blanco, y una vaga idea de la vida; y de su padre había recibido el ansia de ardiente fuego que atravesaría médula y hueso… y fulguraría en la vida.


Sí, así nació y creció cuando con las mayores, más luminosas expectativas, así se lanzó a la vida. Allí encontró a otras muchas criaturas extrañas, a las que se juntó; pues quería conocer la vida y hallar tal vez, al mismo tiempo, el lugar dónde más a gusto pudiera sentirse. Pero su confianza en el mundo era excesiva; este solo se preocupaba por sí mismo, nada en absoluto por la vela de sebo; pues era incapaz de comprender para qué podía servir, por eso intentó usarla en provecho propio y cogió la vela de forma equivocada, los negros dedos llenaron de manchas cada vez mayores el límpido color de la inocencia, que al poco desapareció por completo y quedó totalmente cubierto por la suciedad del mundo que la rodeaba, había estado en un contacto demasiado estrecho con ella, mucho más cercano de lo que podía aguantar la vela, que no sabía distinguir lo limpio de lo sucio… pero en su interior seguía siendo inocente y pura.


Vieron entonces sus falsos amigos que no podían llegar hasta su interior, y furiosos tiraron la vela como un trasto inútil.


Y la negra cáscara externa no dejaba entrar a los buenos, que tenían miedo de ensuciarse con el negro color, temían llenarse de manchas también ellos… de modo que no se acercaban.


La vela de sebo estaba ahora sola y abandonada, no sabía qué hacer. Se veía rechazada por los buenos y descubría también que no era más que un objeto destinado a hacer el mal, se sintió inmensamente desdichada porque no había dedicado su vida a nada provechoso, que incluso, tal vez, había manchado de negro lo mejor que había en torno suyo, y no conseguía entender por qué ni para qué había sido creada, por qué tenía que vivir en la tierra, quizá destruyéndose a sí misma y a otros.


Más y más, cada vez más profundamente reflexionó, pero cuanto más pensaba, tanto mayor era su desánimo, pues a fin de cuentas no conseguía encontrar nada bueno, ningún sentido auténtico en su existencia, ni lograba distinguir la misión que se le había encomendado al nacer. Era como si su negra cubierta hubiera velado también sus ojos.


Mas apareció entonces una llamita: un mechero; este conocía a la vela de sebo mejor que ella misma; porque el mechero veía con toda claridad -a través incluso de la cáscara externa- y en el interior vio que era buena; por eso se aproximó a ella, y luminosas esperanzas se despertaron en la vela; se encendió y su corazón se derritió.


La llama relució como una alegre antorcha de esponsales, todo estaba iluminado y claro a su alrededor, e iluminó al camino para quienes la llevaban, sus verdaderos amigos… que felices buscaban ahora la verdad ayudados por el resplandor de la vela.


Pero también el cuerpo tenía fuerza suficiente para alimentar y dar vida al llameante fuego. Gota a gota, semillas de una nueva vida caían por todas partes, descendiendo en gotas por el tronco cubierto con sus miembros: suciedad del pasado.


No eran solamente producto físico, también espiritual de los esponsales.


Y la vela de sebo encontró su lugar en la vida, y supo que era una auténtica vela que lució largo tiempo para alegría de ella misma y de las demás criaturas.




Parece ser que este sería el primer cuento de Hans Christian Andersen. El hallazgo del considerado primer cuento del autor arroja nueva luz sobre su obra. ‘La vela de sebo’ pudo ser escrito por su creador cuando tenía 18 años.

Traducción del danés por Enrique Bernárdez

viernes, 16 de noviembre de 2012

Citas, 003...




".... que el mundo era caprichoso e inestable, que nos pueden robar el futuro en cualquier momento, que el firmamento está lleno de rayos que pueden precipitarse y matar tanto tanto a jóvenes como a viejos, y que siempre, siempre, el rayo cae cuando menos se espera"...

Diario de invierno.
Paul Auster. 
Editorial Anagrama. 
2012.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Los cuentos de Ignacio Aldecoa.



He terminado de leer los dos volúmenes de los "Cuentos completos" de Ignacio Aldecoa, recopilados y anotados por Alicia Bleiberg y publicados por Alianza Editorial, en su mítica colección "El libro de bolsillo" (tomos 436 y 437), en 1977 (los míos pertenecen a la 8ª reimpresión de 1996).


Los textos son de una gran sensibilidad y autenticidad, retratando muy acertadamente situaciones, vivencias y emociones. Todo ello tejido con una prosa brillante que usa un léxico rico y exacto, aderezada con unos diálogos vivos y reales en boca de unos personajes inolvidables.

Nos asomamos a una época, de postguerra, ya pasada en la que primaban la pobreza, la supervivencia, el desamparo y un desconcierto dado por la imprevisibilidad (o triste previsibilidad) de lo que traería el siguiente día; cierta desesperanza fruto del desasosiego que da la certeza de que pocas cosas van a mejorar en sus vidas...

Sin embargo en estas historias encontramos ternura, amor, dignidad, solidaridad, compasión, miedo y soledad, y escalofríos de emoción a raudales; nudos en la garganta más de una vez...

Conviene leerlos y releerlos, sobre todo ahora, en esta época que nos está tocando vivir y sufrir, así, quizás, seamos conscientes de lo que tuvieron que pasar muchos de nuestros padres y abuelos; situaciones, que a no ser que andemos listos y vigilantes, pudiera ser que retornaran, con toda su crudeza, de una forma u otra...

Como ya apuntó en su día Ana María Matute: "A través de los días y los años, en alguna parte habrá un hombre que, leyéndole, sienta dignificada su soledad o su miseria".

Aquí está la reseña que Sopadelibros hizo de la posterior edición de estos cuentos por la editorial Alfaguara...

LuisFRey.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Deus ex machina...




Cuando el aviador novato toma los mandos de su aeroplano, emprende un vuelo hacia una ruta literaria de ensueño, pero sin un lugar donde aterrizar. En estos viajes sin itinerario, debemos evitar que el embrujo del deus ex machina despierte del sonambulismo al lector.

El relato clásico funciona con un fuselaje formado por el principio (planteamiento), el conflicto (nudo) y el final (desenlace). Bajo esta estructura, el piloto novel se enfrenta al duro trance de convertir una anécdota en un cuento.

Encara la historia, el personaje, la acción, la trama, aunque, en pleno vuelo, se duerme, el avión entra en barrena, pierde los mandos y salta en paracaídas con un final inesperado como:

- "Y entonces se dio cuenta de que todo fue un sueño".

Esta conclusión de abracadabra es lo que se denomina deus ex machina. Se trata de una intervención providencial que llega desde fuera sin anuncio previo; es decir, sin un goteo anterior de la información (cadenas metonímicas) que sostenga un final verosímil.

El nombre de deus ex machina (dios que aparece gracias a una máquina) proviene de la época griega. En el teatro heleno existían unas plataformas móviles que subían y bajaban accionadas por poleas (machina). En ellas se situaban los dioses (deus), que aparecían desde fuera de la acción teatral (fuera = ex).

Estas apariciones deus ex machina se trasladaron a la literatura para nombrar los finales sorpresa, en los cuales un personaje (o un hecho) divino solucionaba la trama.

El lector despierta de su sonambulismo defraudado y traumatizado por el desenlace prodigioso. Los grandes aviadores aconsejan curarse en salud de este proceder poco literario.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Poema de Amando Carabias María.



La siguiente composición, del escritor y poeta Amando Carabias María publicado en su magnífico blog Pavesas y cenizas, me emocionó cuando lo leí y, así, pedí permiso a su autor para poder pegarlo aquí; por lo que le quedo inmensamente agradecido....

Son palabras desgarradas, potentes, resueltas, que nos deben servir para meditar, para recapitular, para decidir, para actuar....



Donde piden los pobres

Y después de Auschwitz
y después de Hiroshima, 
cómo no escribir.
(José Ángel Valente. Al dios del lugar)

I. Preguntas

                                         ¿Y ahora qué? 
                                         ¿Ahora nuestra sangre 
                                         de esclavos disfrazados como criaturas libres, 
                                         se fundirá con el estiércol?
                                         ¿Tiene que barbotar en cada grieta, 
                                         que torna en adoquines de dolor 
                                         los toboganes de miseria,
                                         un río de cadáveres, un surtidor de muertos, 
                                         otra lava de vértebras sin tumbas?

                                         ¿Y ahora qué? 
                                         ¿Ahora nos sentamos en la calle, 
                                         y pedimos limosna resignados
                                         como si nuestras manos extendidas
                                         tuvieran culpa o fueran criminales
                                         sobre cuyas espaldas dormitan los fantasmas?

                                         ¿Y ahora qué?
                                         ¿Ahora nos sentamos en la calle 
                                         con los dedos cerrados 
                                         empuñando pistola y rabia,
                                         apuntando a demonios invisibles?

                                         ¿Y ahora qué?
                                         ¿Ahora nos sentamos en la calle, 
                                         inermes, despojados y desnudos 
                                         y en mitad de las plazas,
                                         a vosotros, cobardes poderosos, 
                                         os miramos de frente, cara a cara, 
                                         fijamente, sin pestañeos, 
                                         para que comprendáis por qué morimos?

                                         ¿Y ahora qué…?
                                         A vosotros, cobardes poderosos 
                                         os estoy preguntando:
                                         no volváis la cabeza, no miréis a otro lado.

                                         Ahora que nos habéis matado
                                         sonrisas y futuro, 
                                         ahora que rebosan vuestras cuentas 
                                         como una inundación de asesinatos, 
                                         decid, ¿qué más os hace falta? 

                                         Acercaos aquí 
                                         si aún os quedan agallas, y contadlo, 
                                         si es que aún vuestras gónadas
                                         son de criatura humana.

II. Alegato

                                         Pero antes escuchadme: 
                                         subido al mismo púlpito donde piden los pobres, 
                                         en esta misma esquina de la calle,
                                         ofrezco mi palabra, la desnudo y la extiendo, 
                                         como una mano
                                         sin joyas o perfumes que la adornen, 
                                         la yergo como un cuerpo enhiesto y decidido. 

                                         Hoy no engalanaré los versos, 
                                         ni me engañarán lenguas de serpientes, 
                                         las que usáis cual corbatas en vuestros ademanes.

                                         Yo sé que os gustaría, 
                                         regresar a otros tiempos, 
                                         a tantos dormitorios de la historia 
                                         en que algunos humanos 
                                         no eran tratados como humanos. 

                                         Sé que os arrepentís todos los días 
                                         de habernos permitido excesos.

                                         Sé que os arrepentís todos los días, 
                                         de habernos tolerado
                                         degustar el aroma de la libertad,
                                         aunque fuera infinita 
                                         tanta sangre inocente derramada.

                                         Sé que os arrepentís todos los días 
                                         de habernos tolerado
                                         que nuestras huellas toquen vuestras sombras,
                                         que nuestros ojos miren a los vuestros,
                                         como cualquier igual mira a su igual.

                                         Sé que os arrepentís todos los días
                                         de habernos permitido
                                         soñar que nuestro mundo 
                                         no es otro diferente al vuestro.

                                         Y sé que vuestras manos 
                                         y vuestras billeteras homicidas
                                         huelen a sangre y cementerio. 

                                         Y sé que sois hipócritas, 
                                         pues hiede vuestro aliento a pudridero.

III. Seis Maldiciones

                                         Ay de vosotros, 
                                         matones planetarios, 
                                         que gritáis la defensa de nuestra libertad, 
                                         precedidos de horrísonas trompetas, 
                                         mas os enriquecéis 
                                         lamiendo vergas de tiranos, 
                                         que matan a sus pueblos, con vuestras viejas armas, 
                                         para que nunca olviden
                                         el antiguo y noble arte de la guerra,
                                         aunque los proxenetas del idioma
                                         propongan que es correcto decir conflicto bélico; 
                                         ay de vosotros, 
                                         seréis malditos, 
                                         porque vuestra bandera es muerte, 
                                         y la muerte os será propicia, 
                                         y os tornará manjar apetitoso 
                                         para buitres hambrientos y huérfanos famélicos.

                                         Seréis malditos.

                                         Ay de vosotros,
                                         traficantes de sexo y de mujeres 
                                         vosotros, homicidas de futuro, 
                                         vosotros, sanguijuelas de almas,
                                         que usáis de la pasión y del deseo, 
                                         que usáis de nuestro fuego, 
                                         y con su dignidad y con su hambre
                                         levantáis torres de euros,
                                         y con su miedo hacéis imperios
                                         para que vuestras hijas y mujeres,
                                         vuestras amantes, vuestras concubinas
                                         presuman de virtud y de riqueza,
                                         seréis malditos,
                                         seréis como heces, 
                                         seréis vulvas violadas sin descanso.

                                         Seréis malditos.

                                         Ay de vosotros,
                                         sádicos presidentes de multinacionales 
                                         que compráis democráticas campañas 
                                         y obtenéis beneficio de gobiernos
                                         donde no hay diferencia 
                                         entre un trabajador, un buey o un perro.

                                         A cambio de su vida y de migajas,
                                         os regalan el barro los hambrientos
                                         y les vendéis vasijas.

                                         Seréis malditos,
                                         por haceros verdugos de los hombres, 
                                         crueles infanticidas, atroces homicidas.

                                         Seréis malditos, 
                                         seréis el pavimento donde pisen
                                         los perros y los bueyes y los hombres. 

                                         Seréis malditos.

                                         Ay de vosotros, sabios ignorantes, 
                                         inútiles expertos en finanzas 
                                         que rezáis cada instante una blasfemia atroz, 
                                         la que torna al dinero en dios, 
                                         dios que empuña un alfanje siniestro 
                                         que cercena gargantas 
                                         de hombres desocupados, enfermos, ancianos, 
                                         el dios imperdonable
                                         que proclama que somos un motor, 
                                         un martillo, una cinta de montaje, 
                                         puro ser productivo, puro consumidor: 
                                         seréis malditos 
                                         ministros de exterminio, 
                                         como una vieja máquina llegaréis al desguace 
                                         y seréis desbrozados miembro a miembro.

                                         Seréis malditos.

                                         Ay de vosotros, clérigos indignos,
                                         que usáis a dios a vuestro antojo,
                                         y lo vendéis
                                         a quien mejor proteja vuestro templo;
                                         y sembráis miedo 
                                         como balas disparan los fusiles;
                                         y pensáis que la brisa
                                         puede atraparse en jaulas,
                                         y que el Amor actúa bajo normas,
                                         y la paloma sabe fronteras y liturgias, 
                                         y el culto no es misericordia.

                                         Seréis malditos,
                                         porque no se perdona a quien atenta
                                         contra el soplo invisible del espíritu,
                                         porque quien no sitúa el corazón
                                         en el dolor y en la miseria,
                                         detiene los latidos del Amor,
                                         porque ocultar la luz bajo las mitras,
                                         es cegar las pupilas del amor.

                                         Seréis malditos.

                                         Ay de vosotros, títeres estúpidos, 
                                         de sonrisa vacía, de palabra engañosa, 
                                         ay de vosotros, 
                                         políticos abyectos 
                                         que tan sólo servís 
                                         para masturbar a los amos 
                                         y ofrecer vuestras nalgas 
                                         a quienes os financian las mentiras.

                                         Seréis malditos 
                                         por vulgares rateros, 
                                         por vendernos en pública subasta, 
                                         y esquilmar nuestra tierra y nuestros hijos.

                                         Seréis malditos,
                                         serán vuestras palabras un graznido
                                         que el huracán engulle, 
                                         y serán vuestras manos de ladrones
                                         el plato donde coman vuestros pobres.

                                         Seréis malditos.

Amando Carabias María

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